Crónicas de un viaje a Copenhague sin gastar un duro.

¡Buenos días!

Dicen que los japoneses con sus métodos de ahorro, son los que menos gastan –en el fondo esta frase me la acabo de inventar- pero creo que no nos habían visto a nosotras…

Y aquí estoy un día más relatando nuestro último viaje, que no pudiendo salir peor, y aún siendo un disappointment como la copa de un pino, tuvo tantas risicas que merecen ser recopiladas. Esta entrada podría ser también una guía sobre cómo sobrevivir sin apenas gasto, así que voy a poner todo lo que nos gastamos y cómo lo gastamos (65-70€),  para que veáis cómo se puede viajar muy barato, que no hace falta ser rica para ir de viaje –aunque si lo fuera tampoco estaría mal-. Como introducción diré que la comida nos la llevamos de Lille para comprar lo mínimo e imprescindible allí, yo llevaba: un kilo de zanahorias y otro de manzanas, un paquete de pan bimbo, jamón york y queso, galletas príncipe de vainilla marca LIDL, chocolate con fresas, ratas, galletas TUC y tres pastillas de avecrem.

Yo ya decidí que debería parar un poquito este mes, que debería disfrutar un poco lo que pago de residencia; pero es que no me puedo resistir a Ryanair y sus ofertas tentadoras… Además el viaje a Copenhague era un viaje que queríamos realmente hacer y cuando vimos que a una semana la ida y vuelta costaba 20€ no pudimos decir que no. Ya sólo quedaban los Flibcos, que con tan poca antelación nos salieron por 28€ ida y vuelta desde Charleroi con una gran noticia: como nuestro vuelo salía a las 7 am, teníamos que coger el autobús de las 3:30am, que iba lleno… y claro, ¿cuál era el autobús de antes? El de las nueve y media de la noche… y así es como tres valientes chulillas pasaron una noche de locura y desenfreno en Charleroi. Durmiendo cual vagabundas en medio del pasillo hasta que un “”buen”” hombre nos despertó a patadas y nos echó, trasladándonos entonces a los bancos del interior.

En el vuelo como siempre, durmiendo, hasta que un niño aterrizando me despertó chillando: “VAAAAAAACA, VAAAAAAACA”. Y allí estábamos en el aeropuerto de Copenhague a las nueve de la mañana. Cogimos un tren que costaba unos 5€ –a robar carteras que no hay pasta para comeeeeh– y aparecimos en la estación central. No pensamos en ningún momento en dejar el equipaje en consigna, así que íbamos cargando con las mochilas y Ari con una maleta –y todo lleno de comida, que Copenhague es muy caro-. Encontramos un café take-away por 1€ y nos compramos uno de la emoción.

Lo primero que hicimos fue un free tour, que sale desde la Plaza del Ayuntamiento a las once de la mañana. Vimos todo el casco histórico y lo más emblemático, y después de unas tres horas y algo nos habíamos liquidado casi toda la ciudad. Comenzamos hablando del Ayuntamiento y la estatua de Carlsberg, y su casa; de Tivoli, que es el parque de atracciones más antiguo de Europa; pasamos por el Palacio de Justicia y la vieja y nueva plaza que se cruzan con la calle comercial más larga de toda Escandinavia; seguimos pasando por lo que fue la casa de Andersen y el Teatro de comedia; y hablamos mucho de lo caro que era todo y las cosas raras que hacen los daneses: como dejar solos los carritos de los bebés, con los bebés dentro, fuera de las tiendas y cafeterías, y entrar y salir como si nada. Pasamos por Nytorvlas típicas casitas de colores donde todo el mundo se hace fotos- e hicimos una parada en el Barissimo, que se ha convertido en nuestra cafetería oficial. Después paseamos hasta el Palacio real y terminamos el tour en la ÓperaEl guía, como siempre: genial, nos contó muchísimas pero muchísimas cosas –nos costó retenerlas todas- y le dimos la generosa propina de 3.33€ cada una.

Tras preguntarle unas cuantas cosas que hacer, nos dirigimos a ver la “”grandiosa”” sirena de Copenhague, y sí, como dicen: una de las grandes decepciones de Europa, porque no tiene prácticamente nada… salvo que bueno, nos la habían pintado tan mal que la vimos hasta grande. Allí no dudamos en hacernos la foto postureo –obviamente sólo íbamos a eso- y comimos al sol, que hacía un día de esos que no se ven en Lille. Os ilustro la situación: Laura con su mochila naranja de Agatha Ruiz de la Prada –la típica que te regalan por la comunión, más grande que tú y se convierte en tu mochila de piscina, aunque nadie la conserva salvo Laura- y un bolso negro grande, abre su bolso y empieza a sacar pan bimbo, pechuga de pavo y queso; Ariadna con una mochila y una maleta que parece un maletín lleno de billetes, abre la maleta rebosante de comida y saca un fuet del Pozo y pan bimbo; yo, con mi viajera mochila vaquera que un día de estos revienta –otra vez- y la mochila de Nord-Pas de Calais con toda la ropa dentro, saco el pan bimbo que no llevo ni un día de viaje y ya está cual acordeón. Y ese ha sido nuestro pan de cada día este viaje.

Esa tarde fuimos por la Citadelle danesa hacia la Catedral, que es muy bonita por cierto, pero lo mejor de la catedral son las sillas donde nos pegamos la mejor siesta de dos minutos de nuestra vida.

Después de una parada en nuestro Barissimo, un paseo por la calle comercial y una parada en McDonald’s con un café gratis por guapas y reinas, fuimos a la estación donde habíamos quedado con Stiffen, un viejito de setenta y cuatro años que nos acogería dos noches.

Yo no he tenido muchas experiencias con Couchsurfing, pero lo de este hombre era flipante: vivía en una casa bastante grande con unas cinco habitaciones, dos baños, una cocina, un salón y un estudio. Como vivía solo, se dedicaba a acoger a couchsurfers y llegaba a tener 16 personas en su casa, así llevaba seis años y habían sido ya 367 personas las que habían pasado por su casa; lo mejor, que el hombre no pedía nada a cambio, ni de hecho utilizaba couchsurfing para viajar. De hecho, si era necesario hasta dormía en un colchón en el suelo en su estudio. Además nos dejó una tarjeta para que los viajes en tren al centro nos salieran a la mitad de precio. Vamos, que su casa era prácticamente un hostal orientado a Couchsurfing y aún nos seguimos preguntando el porqué.

Esa noche estuvimos hablando con unas lituanas y cenamos una rica sopa de avecrem con fideos hechos de trozos de espaguetis y zanahorias, que nos supo a gloria por cierto.

Al día siguiente fuimos al Aldi a comprar algunas cosas, y unos bombones para Stiffen que se había portado genial con nosotras, gastándonos unos 3-4€Bajamos a la ciudad y buscamos una parte que se supone que esta llena de graffitis, pero no vimos nada o si lo vimos no era lo que esperabamos. Paseamos de nuevo por el centro histórico, haciendonos unas cuantas fotos chulillas para nuestros books viajeros, y acabamos comiendo en Nytorv al sol, luego obviamente fuimos a nuestro Barissimo donde nos sentamos a calentarnos en un solarium –también conocido como la barra de la cafetería que daba a la calle donde daba un resol que daba gusto-.

 

Tras nuestra parada, fuimos a Christiania, una ciudad libre dentro de Copenhague al más modo ciudad sin ley, anarquista y donde puedes comprar droga como si fuera el Mercadona, de hecho tienen el hachís expuesto que parece Toblerone. La ciudad está llena de graffitis y casas muy alternativas-hippies, y lo único que te piden es: que no corras y no hagas fotos donde está la droga, y que te lo pases bien; de hecho, los camellos están casi todos detrás de una telilla o con la cara semi-tapada por el tema de la policía secreta. La policía se supone que no puede entrar, pero hacen unas dos redadas al año y la secreta entra para ficharlos y pillarlos por la ciudad de Copenhague, donde la droga está prohibidísima. Por tanto, una ciudad bastante curiosa y muy muy chula, además pese a no haber policía, ni control alguno, no hay inseguridad y muy buen rollo. Pese a que temimos por nuestra vida, por una historia cuanto menos graciosa, las tres aventureras conseguimos escapar y salvar nuestra vida de los gambianos.

Volvimos a casa después de una parada en McDonald’s y otra para sacar cien coronas para darle a Stiffen por el transporte, que nos salió al final por 5€ porque somos un poco chanchulleras y tramposas. Tras volver a casa nos compramos un paquete de Digestive por menos de 1€ para sobrevivir al día siguiente. Cenamos junto a otras españolas que acababan de llegar a casa de Stiffen y una austriaca, y ya después de firmar en el gran cuaderno de los couchs de Stiffen y hacernos la foto de familia, nos fuimos a dormir.

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Al levantarnos el último día estaba todo nevado, y como estábamos muy perezosas nos pasamos toda la mañana haciendo el vago hasta que a la una de la tarde decidimos salir de la casa. Como ya no teníamos la tarjeta de Stiffen, decidimos hacer autostop, pero nadie nos paró y acabamos colándonos en el tren –donde menos mal que no nos pillaron porque son cien euros de multa-. Este ya, último día, lo pasamos dando una última vuelta por la ciudad: fuimos perdiéndonos a un parque donde está el castillo de Rosenburg, el cual se supone que inspiró a Shakespear para escribir Hamlet, y allí comimos. Después de una última parada en el McDonald’s y un encuentro con los Gambettas, volvimos a la estación para coger un tren que nos llevaría al aeropuerto por el precio de 5€

Nuestro avión con destino Charleroi saldría con veinte minutos de retraso, pero llegó puntual. Después nos sentaríamos donde el primer día dormimos para terminar con la poca comida que nos quedaba, y ya cogimos el Flibco que nos llevaría a Lille.

Y así es como termina otro viaje, ¿que qué opinamos de Copenhague? ¡Copenhague una mierda! No, tampoco eso, yo como fiel defensora de la ciudad diré que es muy muy normalilla, no tiene mucho de especial y si vas con las expectativas altísimas –como es nuestro caso- pues te llevas un disappointment. Tiene sus paisajes bonitos, como cualquier ciudad, pero los precios altísimos y el frío no nos han entusiasmado mucho; igualmente decir que Christiania es flipante, y dudo que vuelva a ver algo así por el momento. Además, el estilo de vida danés, la conciencia social y su simpatía te encariña con la ciudad; obviamente allí el niño de tres años y el anciano de noventa habla inglés sin problema. Así que tiene puntos a favor, que no todo es malo, ni muchísimo menos.

Pero, como siempre, destacar las risas y la compañía junto con el estilo ratero que hemos llevado este viaje y el hambre que también nos acompañaba continuamente; todo esto ha hecho que los recuerdo sean bastante buenos y graciosos, pese a que dudo mucho que vuelva a esta ciudad.

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Las reinas de Copenhague

Me llena de orgullo y satisfacción decir que he logrado poner el blog al día y que ya dejaré de dar el follón hasta dentro de un tiempo.

Un besazo enorme.

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Marini.

 

 

 

 

 

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